¿Brexit o bluff?: El anunciado referéndum británico sobre la pertenencia a la UE

Paulina Astroza Suárez, Programa de Estudios Europeos, Universidad de Concepción. pastroza@udec.cl

David Cameron, Primer Ministro británico.
David Cameron, Primer Ministro británico.

El 23 de enero, el Primer Ministro británico, David Cameron, dio su esperado discurso sobre las relaciones entre el Reino Unido y la Unión Europea (UE). Si bien el anuncio sobre la convocatoria a referéndum no sorprendió, sí otros aspectos del mismo han abierto un interesante debate.

Presionado por los euroescépticos de su partido -el Conservador- y la amenaza de pérdida de votos a favor del Partido por la Independencia (UKIP), Cameron anunció que, de ganar las elecciones de 2015, renegociará su relación con sus socios y llamará a referéndum para que sus compatriotas se pronuncien sobre estar fuera o adentro (in or out) de la UE, consulta que no se realizaría antes de 2017.

Varias condicionantes envuelven la convocatoria popular y más dudas se plantean en la ya "especial" relación que los británicos tienen con sus socios. Cinco años de incertidumbre, apuestas y riesgos, son las inmediatas consecuencias del anuncio.

Esta decisión se circunscribe en una larga relación de encuentros y desencuentros que el Reino Unido ha tenido en las décadas de existencia del proceso de integración europea.

El 1 de enero se cumplieron 40 años desde el ingreso del Reino Unido a las entonces Comunidades Europeas (hoy UE), evento que no tuvo celebración especial, lo que ya es signo de la malaise que contamina las actuales relaciones. Tras el término de la II Guerra Mundial y los llamados a la unidad del continente -que vinieron incluso del entonces Primer Ministro Winston Churchill animando a la instauración de una especie de "Estados Unidos de Europa"-, el Reino Unido optó por quedarse al margen de la creación de la primera Comunidad Europea (del Acero y el Carbón), actitud que mantuvo cuando abandonó la Conferencia de Messina, en 1955, y permaneció fuera de las dos nuevas Comunidades, la Económica Europea (CEE) y de la Energía Atómica (Euratom). En su lugar, junto a otros países , creó en 1960 la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA) como alternativa a la naciente CEE. Ante el éxito que comenzaban a mostrar los primeros pasos de integración de los seis Estados miembros de las CC.EE. , Reino Unido decide cambiar de estrategia y solicita su ingreso. Eran los tiempos del conservador Harold Macmillan, quien se encontró con la oposición del General de Gaulle, para quien el ingreso de las islas significaba aceptar que intereses ajenos a los europeos (apuntaba a los estadounidenses) se impusieran en el continente. Calificándolo de "Caballo de Troya", el viejo aliado de guerra bloqueó dos veces (1961 y 1963) la ampliación. No fue sino hasta el alejamiento de De Gaulle y el arribo de George Pompidou que se pudo desbloquear el ingreso, produciéndose la primera ampliación. Edward Heath, Primer Ministro conservador y europeísta convencido, logró la hazaña.

A iniciativa del Partido Conservador -con el apoyo de una minoría del Laborista- el Reino Unido comienza su aventura comunitaria. Luego del triunfo del laborista Harold Wilson en 1974, quien en su campaña abogó por la repatriación de competencias cedidas y una renegociación de los términos del tratado de adhesión (¿suena familiar esta posición?), se convocó a referéndum. Un 67% de los británicos votó a favor del mantenimiento en las CC.EE. La posición oficial del gobierno fue el apoyo al "Sí" no obstante que varios ministros hicieron campaña por la salida. En estos años, el euroescepticismo era un sello que tenía más bien color de izquierda que de derecha.

Es en los años '80 que esta relación comienza a cambiar. Partidaria del "Sí" en el referéndum, la Primera Ministra Margaret Thatcher experimentó un cambio en su posición. En tiempos de crisis, huelgas, aumento del desempleo y tensiones políticas, la Dama de Hierro se enfrentó a sus socios en innumerables ocasiones, siendo la más recordada la renegociación de los términos del acuerdo -bloqueo mediante a la ampliación al sur, vetando el ingreso de España y Portugal- que dio origen al llamado "cheque británico" por el cual el Reino Unido recibe de la UE la devolución de lo no gastado de su aporte en el presupuesto comunitario. "I want my money back" dijo que aquellos años. "El justo retorno" repetía en las duras negociaciones que la enfrentó a la Comisión Europea, ganándose la fama de "intransigente" (y a la Comisión de "impotente"). A su sucesor, el también conservador John Major, le correspondió negociar el Tratado de Maastricht por el cual se creaba la UE. Major logró la inclusión de una cláusula (opt-out), que le permitió quedarse fuera de ciertas fases de la integración, en especial del euro.

La llegada del laborista Tony Blair en 1997 marcó una inflexión en las relaciones. El euroescepticismo ya en esta época se ligaba más a las posiciones conservadoras y la izquierda británica había virado hacia posiciones más próximas a Europa. Sin embargo, no cambió la decisión de no ser parte del euro, no obstante que la City de Londres era el centro financiero europeo, con gran poder e influencia en el continente. Gordon Brown, el laborista que sucedió a Blair en 2007, ratificó el Tratado de Lisboa, texto que tras 10 años (desde la Declaración de Laeken), vino a cerrar el episodio fallido de intentar dotarse de una Constitución europea.

La llegada de Cameron al poder no fue, ni ha sido fácil. Al no haber obtenido la mayoría necesaria, se vio obligado a negociar una coalición con el Partido Liberal Demócrata, cuyo líder Nick Clegg se ha manifestado abiertamente proeuropeo. La coalición ha sufrido numerosas fricciones y esta convocatoria será una nueva prueba en la frágil coalición.

Rehén del ala más conservadora de su partido y con sondeos desfavorables en vistas de las elecciones de 2015, Cameron lanzó su apuesta. Ante la humillante posición en la que quedó en 2011 al no poder bloquear el Pacto Fiscal -los socios europeos celebraron un tratado sin el Reino Unido y lo pasaron por alto- y frente a la evidencia que Alemania y Francia están resueltos a seguir impulsando la integración fiscal, bancaria y presupuestaria (lo que llevará naturalmente a mayor integración política), Reino Unido se enfrenta a su eterno fantasma.

En el fondo, Cameron concibe a la UE -como muchos en Gran Bretaña- como un mercado común, una zona de libre comercio, en que sus intereses encuentran satisfacción (por eso fueron grandes partidarios de la ampliación pero sin más profundización). Pero ante los esfuerzos de sus socios por más unión política (en especial alemanes), los británicos recelan de la pérdida de soberanía. Invocan razones fundadas en la legitimidad democrática (¿por qué unos euroburócratas debieran decidir en Bruselas lo que debiera hacer el Parlamento británico elegido por el pueblo?), en la concepción del Estado-Nación y en los intereses económicos del país. El sentimiento de insularidad también influye y la crisis ha venido a agudizar aun más el debate.

Las alternativas no son convincentes. Poco probable es que el resto de los Estados miembros estén dispuestos a conceder más. Ya goza de bastantes excepciones y tratos especiales. "Europa a la carta" no, se le ha contestado. Una solución de este tipo podría provocar un "efecto contagio" y otros Estados podrían pedir también renegociar los términos de su pertenencia a la UE, lo que es inimaginable. En caso de un Brexit (término usado para referirse a la salida -exit- del Reino Unido -Br-) ¿cuál sería la relación con la UE? ¿Se seguiría el modelos de Noruega, Suiza? Difícil y más caro para Reino Unido. Esto implicaría cero injerencia en la adopción de decisiones, pero obligatoriedad de cumplimiento de las normas europeas. Por su parte, EE.UU. y China ya enviaron claros mensajes que prefieren negociar con el Reino Unido dentro de la UE.

La apuesta de Cameron podría llevar al Reino Unido a una posición diametralmente distinta de la seguida en cuatro décadas de gobiernos conservadores y laboristas. Si bien no todos están convencidos de la integración, su estrategia ha sido defender sus intereses desde dentro del bloque, haciendo valer su veto, voto y opinión. El salir de la UE significaría abandonar totalmente esta estrategia. En un mundo globalizado y como parte de Europa no obstante su carácter insular, las decisiones que se adopten en el seno del bloque igualmente los afectarán sin tener siquiera la posibilidad de influir en ellas.

Chantaje para algunos, medida desesperada con tinte de política interna para otros, acertada para no pocos británicos, Cameron aun tiene mucho con qué lidiar. Nadie dice que vaya a ser reelegido y, en caso de serlo, pocos apuestan por una renegociación en que sus socios le permitan una devolución de competencias. Y, en el hipotético y poco probable caso que así fuera, nada garantiza que el pueblo quiera este nuevo trato corriendo el riesgo real que más que un bluff sea, efectivamente, el camino al brexit, camino que no favorece ni a la UE ni al Reino Unido ni a Europa.

 

IEI

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