El Chavismo sin Chávez: un interregno

Gilberto Aranda. Instituto de Estudios Internacionales. garanda@uchile.cl

Cuando han pasado algunas semanas después del deceso del Presidente Chávez, y su sucesor designado se aspecta como vencedor en la inminente elección del 14 de abril próximo, la aclamación del Presidente encargado del interinato, Nicolás Maduro, es difícil. Es que el liderazgo carismático de Chávez es irreproducible en el corto plazo, tanto doméstica como externamente. Luego de casi 21 años de la irrupción del teniente coronel Chávez en la escena política venezolana, en aquel lejano abril del 92 cuando intentó tomar el poder, y a 14 años desde que asumiera el cargo de Presidente con una marea de votos que se replicó casi siempre mientras estuvo al frente de Venezuela, su desaparición ha sembrado interrogantes sobre la continuidad a mediano plazo del proceso bolivariano.

Mientras Chávez permaneció en Cuba tratándose de cáncer, el camino escogido por el oficialismo fue posponer la toma de posesión de un nuevo período presidencial, aunque parecía claro que la gravedad de la dolencia no permitiría que renovara su cargo. La amenaza de una fragmentación del chavismo sin su líder máximo había cundido entre sus partidarios. Pero una vez anunciada la muerte del Presidente venezolano el derrotero electoral ha sido acelerado. Las facciones al interior del chavismo cerraron filas en torno al ungido por el propio Chávez. Las disputas por el protagonismo ante la coyuntura amainaron ante la ausencia de quien había fungido como amalgama del proyecto del mismo presidente. Chávez. Después de todo, la impresión que provocó el multitudinario funeral y las reacciones de la gente es que el voto abrumador de los venezolanos estará marcado por la emoción de la partida del Presidente que parece haber alcanzado alturas míticas en la batalla por su salud.

¿Pero, habrá un legado político chavista? Está claro que su figura descansara en el panteón de los héroes, lo que será visible para los venezolanos. Pero, para Nicolás Maduro el desafío es lograr conciliar definitivamente las facciones chavistas y simultáneamente completar el camino trazado originalmente para los siguientes seis años: centralización política de la mano del empoderamiento de los consejos comunales, en desmedro de los gobiernos locales y regionales. Los vaivenes económicos de una economía con niveles creciente de déficit fiscal e inflación, simbolizada por la devaluación del Nuevo Bolívar, hacen difícil el sostenimiento de la ampliación del aparato burocrático.

En el ámbito internacional, no muchos líderes latinoamericanos han tenido la atención mediática que gozó Chávez y que le permitió cimentar alianzas heterogéneas como aquéllas con Irán y Siria. En América Latina, colaboró activamente en proyectos como UNASUR y CELAC, ambos espacios sin la participación de Washington, aunque su hijo predilecto fue ALBA. El bloque aunque permanecerá, ha quedado en cierta orfandad de liderazgo y no se avista un reemplazo en su lugar. Es que las relaciones internacionales del chavismo, una mezcla de anti-hegemonismo, bolivarianismo y aportes económicos en crudo, pueden experimentar cambios, si no en la fondo, en la forma y volumen, en los siguientes años.

Por lo anterior, y aun cuando es posible pensar en un chavismo sin Chávez -expresión que se usara por primera vez en los albores del intento por derrocar al mandatario en 2002 -, la respuesta no es automática. Lo anterior aún cuando la situación de la oposición es aún más compleja. Aunque la Mesa de Unidad Nacional (MUN) se apresuró a confirmar a Henrique Capriles como su abanderado, las elecciones regionales de diciembre último debilitaron al bloque. La tesis acerca de una victoria segura si Chávez se retiraba del poder, hoy no parece viable, con un oficialismo que ha convertido al gobernador de Miranda en el blanco de críticas.

 

 

 

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