La Tierra vs Trump

Carolina Bastías - carolabastiasmd@gmail.com

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Hace ya un par de décadas que el efecto invernadero y el cambio climático constituyen lugares comunes en el imaginario de la humanidad. Es evidente que el crecimiento de la población, el uso de recursos y energía, la basura y la contaminación, están afectando la biodiversidad y el clima de la tierra. Prácticamente la mitad de los bosques ya no existen; las reservas de aguas subterráneas y de pescado se están agotando; la acidificación de los océanos va en aumento; y la temperatura media del planeta ha experimentado un incremento significativo en los últimos 150 años, concentrándose los años más calurosos desde 1980 a la fecha.

El calentamiento global ha ido de la mano de un aumento de los gases que provocan el denominado efecto invernadero; mecanismo mediante el cual la atmósfera terrestre se calienta. Sin el efecto invernadero, la temperatura media global sería alrededor de -15°C, en vez de la media actual de 15°. Mientras más gases de invernadero en la atmósfera (principalmente Co2), mayor será la temperatura, y mientras menos, más fría será la tierra. Es cierto que el aumento de Co2 puede estar asociado a procesos naturales, sin embargo, la mayoría de la comunidad científica coincide en que hay un componente humano significativo, derivado principalmente del uso de combustibles fósiles y la deforestación.

De acuerdo a las proyecciones, de prevalecer la tendencia actual, los mares aumentarán su nivel entre 3 y 10 centímetros por década. Se producirán modificaciones drásticas en el patrón de las precipitaciones, que afectarán la capacidad de producción agrícola y la localización de las enfermedades. Aumentará la incidencia e intensidad de desastres naturales –que ya se han quintuplicado desde los años 70-, generando un elevado número de refugiados ambientales en todo mundo. Toda vez que la lucha por acceder a recursos naturales escasos y las desigualdades, son determinantes clave en situaciones de conflicto social, guerras, inseguridad y violencia.

Desde la década de 1990, la Comunidad Internacional centró los esfuerzos en negociar un Tratado para reducir las emisiones mundiales, en el contexto de la Convención Marco sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas. Muchos de los países industrializados ya comenzaron a adoptar medidas unilaterales, sin embargo, los gobiernos están implementado los consejos con lentitud; en un contexto marcado además por la constante oposición de intereses ligados a los combustibles fósiles. Luego de una limitada participación en el Protocolo de Kioto y de la falta de acuerdo en la cumbre de 2009 en Copenhague, la Unión Europea logró formar una amplia y ambiciosa coalición de países desarrollados y en desarrollo, que posibilitó la firma del primer acuerdo internacional vinculante en la Conferencia de París sobre el Clima (COP21), celebrada en diciembre de 2015.

Transcurrieron cerca de 25 años de negociaciones para lograr comprometer a los países a reducir sus emisiones. Tan solo 6 meses después de la entrada en vigor del Acuerdo de Paris (noviembre de 2016), en junio recién pasado, el Presidente de una de las mayores potencias del mundo -segundo productor de gases invernadero a nivel global- comunicó la intención de retirarse del Pacto. Ahora bien, más allá del revuelo mediático que causó el anuncio de Trump, la medida no es extraña, de hecho, está alineada con la política estadounidense “tradicional” respecto del cambio climático. En realidad, lo verdaderamente extraño o fuera de lo común, fue el hecho de que Obama se sumase al Acuerdo. Las distintas sociedades han percibido el Calentamiento Global de manera divergente, así, mientras Estados Unidos se ha negado sistemáticamente a tomar medidas preventivas hasta que se prueben los daños y sean cuantificables, Europa hace valer el principio precautorio incluso a expensas de pérdidas económicas.

Estados Unidos es responsable de alrededor de un 14,4% de las emisiones de gases invernadero del mundo, por lo tanto, si Trump logra materializar el retiro durante su mandato (el proceso demora cerca de 4 años), sin duda tendrá efectos negativos. Sin embargo, de los 10 países que producen el 72% de las emisiones, 7 ya ratificaron el Tratado. De hecho, frente al anuncio, todos los países reiteraron su compromiso y reprocharon la medida; dejando a Estados Unidos en una posición de aislamiento en la escena internacional. Donde sí podría tener efectos significativos, es en los recursos financieros y técnicos, ya que Trump evitará contribuir al fondo global prometido para ayudar a las naciones en desarrollo a superar el sistema de energía fósil; aunque la UE dejó en claro que de ser necesario buscará otros socios potenciales para llenar el vacío dejado por Washington.

PRINCIPALES PRODUCTORES DE Co2 A NIVEL MUNDIAL

Documento sin título

PAISPORCENTAJE
CHINA

             25,36

EE.UU. 14,4
UE 10,16
INDIA 6,96
RUSIA 5,36
JAPÓN 3,11
BRASIL 2,4
INDONESIA 1,76
MÉXICO 1,67
IRÁN 1,65

El tema del cambio climático se ha convertido en el asunto ambiental más complejo de la agenda política mundial. Intentar revertir el problema requiere de un nivel de coordinación, integración y colaboración internacional sin precedentes históricos. La combustión de gas, petróleo y carbón constituyen arriba del 85% de la fuente de energía de las economías mundiales y está vinculada a toda clase de actividades productivas. Para bajar los niveles de emisión de carbono se requiere disminuir la actividad económica, o bien, sustituir combustibles tradicionales por otros, lo que todavía resulta demasiado caro. Son necesarios avances cruciales en una docena de frentes: mejora de la conservación y la eficiencia energéticas, incluyendo vehículos y edificios; técnicas de captura y almacenamiento de carbono; fuentes alternativas de energía; prácticas agrícolas y forestales.

Si bien la reacción frente al anuncio de Trump parece indicar que -a excepción de Estados Unidos- se ha llegando a un consenso internacional en la materia, sigue siendo sumamente complejo resolver un problema global en ausencia de instituciones reguladoras que actúen al mismo nivel. Por otra parte, el calentamiento global es un tema que científicamente aún está en proceso de discusión y que sólo podrá ser plenamente observado y corroborado a lo largo del siglo XXI. Si las predicciones resultan apegadas a la realidad, los efectos serán visibles recién en tres generaciones más. Lo anterior implica tomar medidas políticas y económicas radicales, a escala global, que requieren de un nivel de inversión altísimo, bastante a ciegas y pensando en un futuro relativamente lejano.

Se trata nada menos que de refundar la globalización en base a paradigmas sustentables (tanto a nivel ambiental como socio-cultural), lo que difícilmente se podrá realizar sin una mayor conciencia social del problema. Las políticas internacionales están al debe precisamente en ese punto. No se han diseñado programas de intervención psicoambiental que giren en torno al cambio climático. Diversos estudios demuestran que aquellos sujetos que perciben el calentamiento global como una situación de riesgo sustancial, apoyan en mayor grado iniciativas políticas que supongan un cambio en el modelo energético, así como el desarrollo de ciertas acciones individuales o colectivas al respecto. El cuestionamiento de Trump es particularmente delicado en relación a este punto, ya que minimiza el asunto, siembra dudas y envía señales contradictorias a la población. Sin embargo, no es responsabilidad de Trump. Todos tenemos que empezar a modificar patrones de consumo, a hacernos cargo de la basura, a utilizar el transporte público y probablemente vamos a tener que meternos la mano al bolsillo. De otra forma, con o sin Estados Unidos, el Acuerdo de Paris no tiene mucho sentido.

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